Schiller gobierna su vida –y su obra– a partir de la intuición inquebrantable de la libertad. De una libertad que puede llegar a determinar y dominar, a través de su concreción en la acción, el propio carácter. Y lo que es todavía más sorprendente y llamativo: el propio cuerpo. Schiller creía firmemente en que la libre disposición espiritual generaba y gestaba la propia naturaleza corporal. A partir de sus primeros estudios filosóficos y científicos, y sobre todo de su fecunda actividad como médico, anterior a su dedicación exclusiva a la literatura, advierte una correlación psico-física que, sin embargo, gravita en el espíritu (y en su capacidad para la libertad). El cuerpo es una criatura del espíritu. En él se encarna la Idea. La idea de libertad. Una idea genial, sorprendente (sobre todo en su recepción en nuestro contexto filosófico). Lo que se da aquí no es una imposición de la razón sobre la voluntad, sino un descubrimiento de que el querer mismo puede ser racional, de que el hombre, cuando siente, “siente racionalmente”, y que su razón sólo es posible en la medida en que está inmerso en su sensibilidad, en un conflicto permanente con la naturaleza como la otra parte esencial de sí mismo.
Si a su naturaleza puramente racional le ha sido añadida una naturaleza sensible, no es para arrojarla de sí como una carga o para quitársela como una burda envoltura; no, sino para unirla hasta lo más íntimo con su yo superior. La naturaleza, ya al hacerlo ente sensible y racional a la vez, es decir, al hacerlo hombre, le impuso la obligación de no separar lo que ella había unido […] Sólo cuando su carácter moral brota de su humanidad entera como efecto conjunto de ambos principios y se ha hecho en él naturaleza, es cuando está asegurado; pues mientras el espíritu moral sigue empleando la violencia, el instinto natural ha de tener aún una fuerza que oponerle. El enemigo simplemente derribado puede volver a erguirse, sólo el reconciliado queda de veras vencido.
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